Estamos sufriendo un gravísimo ataque a los derechos de las mujeres. El patriarcado contraataca; en este caso contra los derechos reproductivos.
El nuevo proyecto de Ley del Gobierno del PP nos devuelve a una situación anterior a 1985, a la inseguridad jurídica de las mujeres y de profesionales de la sanidad. La interrupción del embarazo será delito regulado por unos supuestos que lo que verdaderamente abortan es la libre decisión de la mujer, y su derecho a hacerlo sin presiones añadidas.
El nuevo proyecto de Ley del Gobierno del PP nos devuelve a una situación anterior a 1985, a la inseguridad jurídica de las mujeres y de profesionales de la sanidad. La interrupción del embarazo será delito regulado por unos supuestos que lo que verdaderamente abortan es la libre decisión de la mujer, y su derecho a hacerlo sin presiones añadidas.
Cínicamente titulada "de Protección de la Vida del Concebido y los Derechos de la embarazada"” prevé dos supuestos: violación o riesgo para la salud física o mental de la madre. En el primero de los supuestos deberá presentarse una denuncia previa y marca un plazo de doce semanas. El segundo de los supuestos se podrá llevar a cabo hasta la semana 22 y bajo informe acreditado realizado por dos médicos distintos al facultativo que lo practique y de diferentes centros sanitarios. Se elimina el supuesto de malformación del feto, quedando supeditado al segundo de los supuestos y con muchas complicaciones y burocracia médica. Para las menores será obligatorio el consentimiento paterno, aunque concurra alguno de los dos supuestos indicados. Se regula para todos los profesionales la objeción de conciencia y prevé penas para facultativos que realicen aborto fuera de los supuestos establecidos aunque se hiciera con el consentimiento de la mujer. Como puntilla, prohíbe la publicidad de los procedimientos para interrumpir voluntariamente el embarazo.
Sólo unas férreas convicciones machistas y
antidemocráticas que entienden que las mujeres deben cumplir con los designios de
una cultura androcéntrica y con las funciones encomendadas -entre ellas la
maternidad- permiten si acaso comprender
la sarta de falacias que “esconde” el anteproyecto: lo pintan como un problema
derivado de la libertad sexual de nuestro tiempo, cuando ha estado presente en cualquier momento de la historia. Intentan confundir a la sociedad con un
mensaje que presenta la libertad de
las mujeres para decidir sobre su maternidad con una "obligación a abortar". Hablan de defender la vida del
"concebido" como objetivo, pero entran en contradicción al admitir
que en los casos de violación se puede practicar un aborto. Y francamente no les importa la salud psicológica de
la madre al quedar siempre en segundo plano ante cualquier supuesto; ni
los derechos de la mujer, que son negados de entrada para que no pueda
decidir, y después quedan supeditados al
arbitrio de un tutor que decida sobre la vida del ser concebido -aunque
este no vaya a vivir-.
Estableciendo
paralelismos en lo que al “derecho a la
vida” se refiere, resulta paradójico,
cínico e inaceptable que se emplee hasta un triple rasero: en el caso de
los maltratadores en violencia machista, debe ser la justicia quien decida si
se coloca o no una pulsera para controlar el cumplimiento de la distancia de
seguridad a la víctima, puesto que esto limita sus derechos, y en cambio, se
pueda obligar a una mujer a llevar hacia delante un embarazo en condiciones que
afectan a sus derechos y a su propio proyecto de vida. Y en caso de anomalías fetales compatibles con la
vida, la vida del feto se protege hasta
que se produce el nacimiento, ya que a continuación, y de por vida, esa
persona y su familia quedan desamparadas por la Ley, toda vez que de facto ha
quedado sin efecto la Ley de Dependencia.
Resulta
verdaderamente indignante que el ministro Gallardón intente confrontar la
decisión de las mujeres versus la trascendencia de una "vida
concebida", con el exclusivo
argumento de protección a esa supuesta vida, teniendo la mujer que asumir todos
los riesgos que se presenten; cuando en otras circunstancias personales y
profesionales a nadie se le obliga a asumir determinados riesgos para salvar la
vida de una persona con todo un proyecto vital real y en marcha.
Un
embarazo no deseado no dura nueve meses sino toda una vida. Por eso creemos que
la libertad de decisión debe estar
siempre por encima de la voluntad o creencia de quienes critican a las
mujeres que deciden abortar. Esconder la realidad no la va a cambiar. Pero una
vez más ha ganado la hipocresía de la moral católica. Se seguirán produciendo
abortos en nuestro país al margen de la Ley, bajo una inseguridad sanitaria y
jurídica; o más allá de la frontera que será donde vayan quienes económicamente
se puedan permitir el viaje y la intervención.
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