Cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, se eliminan fronteras, diferencias étnicas, lingüísticas, culturales, económicas y políticas, para celebrar la lucha diaria en favor de la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo.
Desde hace tiempo, una sociedad como la nuestra -cada vez más concienciada- ha trabajado duro en esta dirección de una forma trasversal. Muchas de las conquistas (igualdad real en derechos civiles, reducción de la brecha de género en la tasa de paro y en el nivel salarial, así como una creciente presencia femenina en el espacio público) son fruto de esos esfuerzos.
No obstante, la situación de crisis que arrastramos desde hace un lustro amenaza con producir una severa involución en términos de igualdad, cuando aún queda mucho trabajo por hacer.
A la dramática tasa de desempleo en nuestro país se une el dato de que España acabó 2011 a la cabeza de la UE en desempleo femenino, con un 20,5 % frente a una media del 9,6% en la UE-27 (según el Instituto de Estudios Económicos). Y las previsiones no son halagüeñas. Las mujeres siguen siendo amplia mayoría en las categorías más precarias, tanto de empleo (temporalidad, tiempo parcial, subempleo), como de desempleo (larga duración, sin empleo anterior, sin prestación de desempleo). Sus ingresos y pensiones son mucho menores y en muchos casos inexistentes, a pesar de que trabajan muchas más horas en total; sus tasas de pobreza son mucho mayores. En definitiva, la situación de las mujeres es dramática, pues según la crisis se generaliza a todos los sectores, son las personas peor situadas las que más la sufren. Experiencias históricas -no muy lejanas- revelaron que el modelo ‘sustento económico masculino / mujer dependiente’ es una trampa.
El conocimiento de estos datos, que evidencian el fracaso de un modelo de crecimiento desequilibrado, nos proporciona la oportunidad histórica de revertirlo y hacer las cosas bien. Más aún, está demostrado que el acceso de las mujeres a la educación, al empleo y a los ingresos, impulsa enormemente el bienestar de las familias y el desarrollo de los países.
A diferencia de otras crisis, en las que también se presionó a las mujeres para retirarse del mercado de trabajo, hoy el punto de partida es otro bien diferente. Por esos derechos civiles adquiridos y por el alto grado de formación. Por la aptitud demostrada para desempeñar todo tipo de profesiones, para dirigir, para participar en todos los deportes y actividades. Muchas familias dependen de los salarios femeninos y, además, las mujeres desempleadas tienen mayor nivel educativo que los hombres desempleados.
Por otro lado, los hombres son más necesarios que nunca para arrimar el hombro en las tareas de cuidado. Hoy, a diferencia de otras épocas, sabemos que ninguna diferencia biológica justifica la exclusión de las mujeres del empleo y del ocio, ni la de los hombres del trabajo doméstico.
La sociedad no se puede permitir la frivolidad de ignorar o marginar a las mujeres, que representan más del 50% de la población mundial. Hoy las mujeres son tan necesarias como los hombres para construir un sólido modelo productivo equilibrado y sostenible. La igualdad de género es clave para aprovechar el capital humano de las mujeres y el potencial cuidador de los hombres. La corresponsabilidad es imprescindible para el buen funcionamiento de los mercados de trabajo; para una mejor organización de la producción que no se base en la especialización de las mujeres en el trabajo doméstico; para combatir la superpoblación, el envejecimiento poblacional y la pobreza en todo el mundo; para el mantenimiento del medio ambiente.
Los intereses cortoplacistas de quienes están sacando rentabilidad económica de esta crisis, no pueden doblegar los beneficios que en todos los aspectos traerá esta carrera de fondo por la igualdad.